La pandemia de gripe había obligado a tomar una serie de medidas en todos los sectores de la población. En las iglesias, primero quitaron de las pilas el agua baustimal, luego prohibieron a los feligreses darse la paz –el riesgo que conllevaba dicho acto era muy grave- y al final, incluso les privaron de recibir el cuerpo de Cristo en la casa de Dios. Entonces, con miedo de perder a sus cada vez menos seguidores, las altas esferas eclesiásticas se vieron obligados a tomar medidas para con sus fieles. Y así, cual repartidores de pizzas, los sacerdotes se vieron obligados a recorrer las casas de los creyentes repartiendo la Sagrada Comunión.
Y Conchi, que era muy católica, no podía faltar a su unión con el hijo de Dios. Cuando el sacerdote del barrio se presentó con su dosis individual de Cristo esterilizada, la pelirroja madre de los Rufianes le pidió al cura que se la depositara él mismo en la boca, como en los viejos tiempos. Pero éste se negó, ya que cualquier contacto físico estaba terminantemente prohibido por las autoridades.
El infortunio quiso que en ese justo momento el sacerdote empezara a toser y a encontrarse mal, pidiendo ayuda a Conchi, quien vengativa le cerró la puerta en los morros.
“¿No acaba de decir que cualquier roce puede ser altamente contagioso?”, refunfuñó la ama de casa.
Finalmente, tras echar un poco de spray antiviral, Conchi dejó al sacerdote moribundo al otro lado de la puerta y se dispuso a preparar todo para el premio que el Ayuntamiento les otorgaría horas más tarde.
CONTINUARÁ… P.D. Nos hemos presentado al concurso de Bitácoras de este año, donde cualquiera de nuestros lectores nos puede votar -participen o no en el concurso; tengan o no un blog-. Si tienen algo de tiempo y les apetece hacerlo en la categoría de humor, sólo tienen que entrar en el enlace de la derecha del blog y seguir las fáciles instrucciones. Muchas gracias de antemano. La familia Rufianes lo agradecerá en condiciones.